18 noviembre, 2006

HISTORIA TRISTE DE LA REALIDAD


A Quien conmigo va ....


Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana... Me parecieron
todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose
unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las
manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que
yo tengo prohibido. La pequeña (la más amiga mía) chocó contra mí
dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera
que tengo de entenderlos: los ojos y las manos. El resto de su cuerpo
ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y
engañarse entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta
mañana mi pequeña no me quería mirar. Sólo después de ir detrás de
ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostrumbado, me dijo: "Drake,
no me pongas nerviosa. ¨No ves que nos vamos de veraneo, y están los
equipajes sin hacer?" Pero no me tocó ni me miró.

Yo, para no molestar, me fui a mi rincón, me eché encima de mi manta y
me hice el dormido. También a mí me ilusionaba el viaje. Les había
oído hablar días y días del mar y de la montaña. No sabía con certeza
qué habían elegido; pero comprendo que, en las vacaciones (y más en
éstas que son más largas que las otras dos) mi pequeña podrá estar
todo el día conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos,
siempre que sea juntos... Tardaron tres horas en iniciar la marcha.
Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida (que olía
a gloria) y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba correr de
arriba abajo por la escalera, pero me aguanté. Cuando fueron a cerrar la
puerta, eché de menos mi manta. Entré en su busca; me senté sobre ella;
pero él me llamó muy enfadado -­Drake, venga!, y no tuve más remedio
que seguirlo. Mientras bajaba, caí en la cuenta de que, en el lugar al que
fuéramos, habría otra manta. Ellos siempre tienen razón.

Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y yo... Era difícil caber en aquel
coche, tan cargado de bultos; pero estábamos bien, tan apretados todos.
Yo me acurruqué en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre
de él se sentó en un extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le
habían olvidado las voces de ella, porque no decía nada; sólo miraba las
calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal... Los niños se
peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguían muy nerviosos. Yo
sufrí sus patadas con tranquilidad, porque sabía que no iban a durar y
porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño
le dió un coscorrón a mi pequeña, yo le lamí en cambio las piernas con
cariño; pero ella me dió un manotazo, como si la culpa hubiera sido mía.
La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña
quiero decir, no me miraba.

Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad. Él se echó a un lado
y paró el coche. Los de delante daban voces los dos; no sé si porque
discutían o por qué. La madre de él no decía nada; ya antes había empezado
a decir algo, y el la cortó con muy malos modales. Tampoco los niños
decían nada... Él, bajó del coche y cerró de un portazo; le dió la vuelta;
abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró por el collar. Yo no
entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había hecho en un árbol
mientras cargaban y disponían los bultos. Me resistí un poco, y él, con
mucha irritación y voces, tiró de mí. Me hizo daño en el cuello. Me bajó
del coche. Empujó con violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante.
Oí el ruido del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla; me apoyé en el
cristal. Detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos;
le temblaban los labios... Arrancó el coche, y yo caí de bruces. Corrí
tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro; pero
aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por
la boca... Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria casi me
arrolla, Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy seguro de
que volverán por mi... Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos
que me distraje, y un coche negro no pudo evitar atropellarme... No ha
sido mucho: un golpe seco que me tiró a la cuneta... Aquí estoy. No me
puedo mover. Primero, porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el
que me dejaron; segundo, porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe
del coche negro aquel no fue tan poca cosa como creí... Me duele la pata
hasta cuando me lamo. Me duele todo... Pronto vendrá mi pequeña y me
acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña
nunca serán capaces de engañarme. Aqui estaré... Si tuviese siquiera un
poco de agua: hace tanto calor y tengo tanto sueño... No me puedo dormir.
Tengo que estar despierto cuando lleguen... Me siento más solo que nadie
en este mundo... Aquí estaré hasta que me recojan. Ojalá vengan pronto.

Antonio Gala, Junio de 1991

5 comentarios:

Claudia dijo...

Sólo me faltaba algo así hoy, es muy triste Nuri....el perrito de Maria José, el cachorrito que se ha llevado a casa se ha muerto y el que se ha llevado Judith tiene parvo y está muy mal....está claro que no tenemos buena racha..pobrecitos. Ya hablamos esta semana, besos

dahlia dijo...

te he dejado un comentario sobre esto en la entrada de violeta... yo tambien estoy fatal tia, ara me ha dao un mal rollo... aqui hablando con dani de los 4 cachorros de esta mañana... ufffffffff estoy fatal.

Sara dijo...

no he sido capaz de acabar de leer la historia.Total, ya se el final...

Siento lo de los cachorritos...pero ánimo, hay mas animales que os necesitan!
Muchos besos a todos/as

Dahlia dijo...

Gracias por los animos Sara, eres un sol!

Dahlia dijo...

Sara, una vez mas, gracias por tu serenidad a la hora de juzgar las entradas por lo que son. Tu lees y opinas, no te vas por los cerros de Ubeda. Es lo que hay que hacer. GRacias!